AICAD |Libertad para deicidir

Decidir es la más sublime expresión de nuestra libertad, ejercer nuestro albedrío eligiendo entre dos o más alternativas; cuando tenemos la capacidad de aceptar o rechazar, es cuando nuestra voluntad se pone de manifiesto, por eso sólo el ser auténticamente libre puede decidir, y la libertad es plena cuando asumimos responsablemente las consecuencias de nuestra decisión, así, por ejemplo, soy libre de estudiar o no.

Si decido tener un hijo debo asumir la responsabilidad de formarlo; si decido vivir en tal o cual país debo asumir las leyes y códigos de conducta de la nación elegida; si decido trabajar para determinada empresa, debo asumir responsablemente las tareas que se me encomiendan.

En el acto auténticamente responsable manifestamos nuestra libertad, es nuestra respuesta a los efectos que genera nuestra decisión, así, una persona es libre de hacer lo que quiera, siempre y cuando responda a lo que de ello resulte.

Desafortunadamente, la mayoría de la gente espera que decidan por ella y así encontramos la disculpa tan trillada: tengo que ir a una reunión, tengo que asistir a esa fiesta, tuve que aceptar las cosas como me las propusieron, tuve que comprarlo, aunque yo no quería, pero me insistieron demasiado, etcétera, con lo cual estoy otorgando a otro mi capacidad de albedrío, a que otro decida mi vida y mi grado de frustración, de sentirme obligado porque las circunstancias me forzaron a decir sí o no, cuando yo deseaba en mi interior exactamente lo contrarío, y además, debo asumir responsabilidades no deseadas.

En alguna ocasión un ejecutivo se quejaba conmigo de todo lo que tenía que hacer, a pesar de no querer hacerlo, y se lamentaba de su falta de tiempo y se consideraba a sí mismo una víctima circunstancial y se autopronosticaba un final trágico, ya que día a día veía cómo se deterioraba su estado físico y emocional. Lo enfrenté a la realidad de que el ser humano no es víctima de las circunstancias sino que cada quien crea sus propias circunstancias, y si no está de acuerdo con ellas usted mismo las debe cambiar. Ejemplo: tengo que ir a una reunión, evalúe qué sucederá si decide ir o no, evalúe sus consecuencias y entonces decida, seguramente en el proceso de evaluación encontrará los motivos para que quiera ir o no, pero a partir de ese momento ya es su decisión y es responsable de sus consecuencias, y por supuesto el sentimiento de frustración se verá considerablemente disminuido o habrá desaparecido por completo.

La vida nos impone muchos deberes y la mayoría de la gente los arrastra con un sentimiento de mártir incomprendido. No propongo que no asumamos nuestras responsabilidades, todo lo contrario, pero avalado por mi propia conciencia y voluntad y trasladar el debo al quiero hacer las cosas, lo cual se logra sólo a través de la autodirección de mi existir, de ejercer mi propio autoliderazgo, obteniendo la auténtica sensación de ser yo el único responsable de lo que haga o deje de hacer.

Si aspiramos a alcanzar la Excelencia en nuestra empresa se hace necesario lograr un cambio de actitud de todos sus integrantes, para que vivan el espíritu de querer hacer las cosas y no tener que hacerlas, es la razón que diferencia a las empresas perdedoras de las triunfadoras. Cuando encontramos que el personal de una organización quiere hacer las cosas bien, cuando quiere llegar temprano, atender con solicitud a los clientes, está dispuesta a servir porque quiere hacerlo en forma excelente, cuando logremos este cambio sustancial de actitud podremos estar ciertos de transitar por el camino correcto. Si usted es padre de familia o maestro, ¿qué desea de sus hijos o alumnos, que quieran o tengan que estudiar? Ahí en el cambio de actitud reside la gran diferencia entre la Excelencia y la mediocridad y a nivel personal marca la pauta para dirigirnos al porvenir por nosotros mismos elegido.

El mundo está lleno de quejumbrosos y de seres humanos que viven y mueren extraviados porque no fueron capaces de decidir, y se dejaron arrastrar por los deseos de otros y además siempre tendrán una buena justificación para no asumir sus responsabilidades, y así, se lee en el epitafio de un monje medieval: “No soy responsable de ninguna de las acciones cometidas por mí, pues solamente obedecí fielmente a mi superior”, lo cual podríamos hacerlo extensivo a millones de seres humanos.

Nuestros objetivos deben ser la brújula hacia la vida que deseamos lograr, para dirigirnos sin tardanza a su realización, conscientes en todo momento que a través de nuestras decisiones nos alejamos o nos acercamos para alcanzarla. Reflexione: ¿Está en la empresa que ha decidido estar?, ¿tiene los amigos que ha decidido tener?, ¿tiene la familia, salud, situación económica, que usted eligió tener?

Usted no puede ni debe responsabilizar a nadie de sus propias decisiones y a partir de esta convicción podrá vivir su auténtica libertad, vivir sus propios compromisos, los que usted eligió, con la clara conciencia de sus consecuencias.

Henri David Thoreau decía: “No conozco ningún hecho más alentador que la incuestionable capacidad del hombre para dignificar su vida por medio del esfuerzo consciente”, aun cuando muchas acciones las tenemos que realizar en contra de nuestros deseos porque así nos lo exigen nuestras responsabilidades, el aceptarlas conscientemente, evaluando sus consecuencias, nos permite dimensionarlas bajo una óptica de libertad que nos aminora considerablemente la carga, y hasta podemos llegarlas a aceptar con alegría pues hemos evaluado las ventajas de realizarlas impulsados por nuestra autoconciencia, debemos aprender de nosotros mismos a través de nuestros procesos de decisión.

Debemos enfrentar los determinismos circunstanciales impuestos por nuestro medio ambiente, o por nuestro pasado, o por traumas y complejos, y cambiarlos definitivamente por nuestra propia decisión y crear la circunstancia por nosotros deseada, pues para lograr tomar posesión plena de nuestro existir es necesario lograr el autodeterminismo.

Víctor Frankl llamó la “Libertad última”, cuando vivía en calidad de prisionero en el campo de concentración, aun en ese lugar íntimamente podía vivir su propia libertad y decidir seguir o no viviendo, y continuar luchando por cambiar su realidad y en qué medida le podían afectar todas esas adversidades. Los animales se mueven por instintos: ¿quién enseñó al león a ser león?, ¿al oso a ser oso? Están programados para actuar así. En cambio el hombre, aun cuando poseemos los instintos naturales, tenemos también la facultad de cambiar nuestros patrones de conducta y ejercer a través de nuestra capacidad de decisión la autodirección hacia donde deseamos llegar o realizar; esto nos eleva sobre el reino animal, de lo contrario, si nos dejamos dominar por el instinto nuestra existencia transcurrirá sin evolución alguna y no seremos más que una repetición genética estacionada en el pasado, está en nosotros mismos, es nuestra naturaleza, que es en esencia inteligencia y libertad, la que nos lleva a un desarrollo sin límites.

Es vital crearnos el hábito de decidir si verdaderamente queremos ser libres y de responder conscientemente a sus consecuencias, es el camino a la liberación auténtica el dejar de ser reactivo a las circunstancias.

Hermel Balcázar
http://www.aicad.es

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