PSICOLOGIA DE LA CREATIVIDAD

Extravagantes, bohemios, excéntricos, narcisistas, depresivos, exaltados… Los ha habido de todas clases y para todos los gustos. En torno a su figura se han creado demasiados tópicos. Ahora los psicólogos ahondan en su vida y obra para saber por qué son precisamente ellos los elegidos por las musas.

Corre en Roma el año 1506. Julio II, papa que goza de tanta fama de guerrero como de intransigente, mantiene un pulso con un joven artista acogido a su mecenazgo. Se trata de Miguel Angel Buonarroti. Éste, harto de soportar los desaires del pontífice, no titubea en huir de la capital de la cristiandad hacia Florencia. El caso está a punto de provocar un incidente bélico y Julio II toma una decisión sorprendente: acepta las exigencias del entonces escultor y, a condición de que regrese, promete que “no será perjudicado ni injuriado y le restableceremos el mismo favor apostólico que gozaba antes de abandonarnos”, haciendo así caso omiso de la ofensa a su dignísima persona. Miguel Angel entra en la leyenda y, de esta forma, nace también la figura del artista como ser excepcional. Y es que todo un papa del siglo XVI se había despojado del peso de la púrpura para tratar como igual a quien, en el fondo, no era sino uno más entre sus empleados.
Bien es cierto que mucho antes, en tiempos del escritor latino Horacio (siglo I a. de C.), ya se documentan el desaliño, las largas greñas y el incumplimiento de las normas de conducta como señas inconfundibles de la condición indómita de los poetas, que entonces se consideraban mensajeros de la divinidad. Por otra parte, razones debía de tener Aristóteles para unir el temperamento melancólico a la productividad en el mundo de las ideas, o Séneca para considerar que cualquier obra poseedora de genio tiene un cierto toque de locura. Pero éstas razones sólo se tomarán como argumentos de auténtica altura durante el Renacimiento, cuando la sociedad se empapa de individualismo y descollan personalidades como las de Leonardo da Vinci o el mismo Buonarroti. El muy influyente filósofo del siglo XV Marsilio Ficinio sentencia: “Los hombres de letras y los artistas reciben el ascendiente de Saturno, signo bajo el que nacen los melancólicos y exaltados “.
Estos tópicos serán especialmente gratos a partir del siglo pasado. La imaginería romántica se complace en evocar a un Miguel Angel trabajando durante cuatro años sin descanso a la luz de las velas en los frescos de la Capilla Sixtina, rodeado de la soledad y la miseria más absolutas. Los acólitos de la vida bohemia, por su parte, se inspirarán en personalidades como la de Caravaggio, creador del tenebrismo pictórico. Se cuenta de este pintor lombardo que tenía tan presta la espada como el pincel, lo que le hizo conocer muy bien durante su breve vida las cárceles de su tiempo. Un malperder en el juego de pelota o una disconformidad con los modales de cierto camarero que no le indica con la debida corrección cómo estan cocinadas unas alcachofas, por ejemplo, le servían para dar rienda suelta a su malhumorado temperamento. Fue a partir de éstas y otras biografías como se fraguó más tarde el mito de la “diferencia” ya que el arquetipo del creador desarrapado y antiburgués empezó a cobrar auténtica fuerza sólo a partir del romanticismo.
Hay quien dice que esto es así debido a la desaparición de la figura del mecenas que impuso el rigor del sistema capitalista nacido tras la Revolución Francesa. Como reacción surgirá una ideología que permite hacer más llevaderas unas duras condiciones de vida y preservar la autoestima. La provocación bohemia sería entonces una especie de agresión simbólica frente a la marginación -material incluso- a la que los artistas se ven ahora abocados. Antes lo tenían, sin duda, más fácil: disponían de un sueldo fijo e incluso tenían derecho a una pensión de ancianidad para ellos y para sus viudas, de haberlas.
El punk y nuestra movida cultural de los años ochenta son dos movimientos que han dado un contenido moderno a la llamada bohemia y al consiguiente ataque a lo establecido. Pero sus posturas se han ido atemperando con el paso de los años o con el éxito y el dinero. ¿Quién se acuerda ahora de aquel primer Almodóvar que cantaba semitravestido con su partenaire MacNamara letras con un subido tono de amoralidad?
De cualquier forma, no han faltado los intentos de justificar con razones pretendidamente científicas o psicológicas la secular mala reputación de los artistas. Entre las muchas que se han dado, vale la pena rescatar la de Jonathan Swift, el imaginativo autor irlandés de “Los viajes de Gulliver”, quien en el siglo XVIII aseguraba que las dotes artísticas tienen su origen en la geométrica acción destructiva que ejercen en el cerebro unos bacilos: “Si los daños se producen de forma hexagonal, dan lugar a la poesía; si su acción es circular, a la elocuencia”.
Pero fue a finales del siglo pasado cuando empezó a estudiarse el asunto con verdadera profundidad. El psiquiatra italiano Cesare Lombroso figura como pionero en este campo, gracias al enorme éxito de su obra “Genio y Zocura”, escrita en el año 1864. Lombroso enlaza la insania mental, y particularmente la epilepsia, no sólo con el arte, sino en general con la grandeza humana. En su relación de ilustres epilépticos incluía a Julio César, Mahoma, Napoleón, Dostoievsky, Petrarca, Flaubert… Según él, los músicos son muy propensos a los trastornos psíquicos y entre éstos destacaba especialmente a Mozart, Beethoven y Donizetti.
Posteriormente aparecieron listas patográficas de creadores de todos los tiempos confeccionadas por científicos más modernos, como W. Lange-Eichbaum. Éste basaba su concepto de bionegatividad artística, acuñado en los años treinta y cuarenta, en la evidencia de que, según él, nada menos que el 90 por ciento de una selección de grandes genios se incluían en aguna categoría de psicopatías -anomalías psicológicas-. Además, de éstos casi la mitad entraba de lleno en el estatus de psicópata; en sus palabras, un sujeto “poco capacitado para la vida, demasiado irritable y sensible, y que suele sufrir de disonancia crónica (…). Se le encuentra con mucha frecuencia desviaciones sexuales”.
Y es que nunca se ha dejado de especular sobre la sexualidad de los artistas. Según épocas, ha estado de moda destacar la promiscuidad y, más recientemente, la homosexualidad del colectivo artístico. Aunque ejemplos hay para todos los gustos: desde el caso de Sandro Botticelli, a quien en una ocasión el haber soñado que estaba con una mujer le produjo tal terror que le obligó a pasear toda la noche por Florencia para ahuyentar tan terribles pesadillas, al de Lord Byron, que en una carta que escribió a un amigo le confesaba que durante uno de sus viajes había poseído a más de 200 mujeres.
Bastante más reciente está el escándalo del peculiar cineasta Woody Allen. El gusto por las jovencitas que demuestra en su película “Maridos y mujeres” tiene como precedente verdadero el enamoramiento de su hijastra Soon-Yin, de 22 años. Mia Farrow, su esposa en el filme y en la vida real, va más lejos y le acusa además de abusar sexualmente de su hija de corta edad.
Por su parte, el casto Leonardo da Vinci fue un vehemente fustigador de los placeres mundanos y proclamaba que “quienquiera que no refrene el deseo lujurioso se coloca al nivel de las bestias”. Sigmund Freud eligió precisamente a Leonardo para acercarse al enigma de la personalidad creativa en un estudio clásico, “Psicoanálisis del arte”. Qué irritación le hubiera causado al artista florentino saber que el creador del psicoanálisis atribuye su inquebrantable afán creativo a la sublimación de su libido; o sea, a una sexualidad reprimida y acompañada de una probable tendencia homosexual. Por otro lado, la enigmática sonrisa de La Gioconda no es otra, según Freud, que la de la propia madre de Leonardo: este cuadro sería la manifestación -y entra en escena el complejo de Edipo- del profundo amor que le profesaba en la infancia. No en vano, otra de las hipótesis del médico vienés era que el arte, como una especie de sueño, supone el cumplimiento de los anhelos frustrados. Freud apunta tímidamente a la neurosis como causa última de la expresión estética.
Numerosos discípulos del fundador de la psicología moderna no dudaron después en achacar a los artistas narcisismo, inmadurez, bisexualidad y una especial disposición hacia los traumas psíquicos en general o traumatofilia, según la expresiva denominación del psicólogo H. Lowenfeld.
“Con una estatura normal no me hubiera dedicado nunca a la pintura”, confesaba un célebre acomplejado, el deforme Toulouse-Lautrec, algo fácil de comprender desde este punto de vista. Probablemente, el más famoso traumatizado de la actualidad sea Michael Jackson, empeñado en renegar por todos los medios de los tintes oscuros de su piel y en evitar el contacto humano rodeado de animales en su mansión de California. Hasta el punto de introducirse en una burbuja de oxigeno.
Sin embargo, hay figuras que no encajan en absoluto en estos desequilibrados moldes. Rubens, por ejemplo, alababa -y practicaba- la pacífica vida familiar, estaba tan orgulloso de su oficio de diplomático como del de pintor, era afable y demostraba tener una gran estabilidad. Para ilustrarlo, cuentan que un día estaba pintando y recibió a unos amigos. Lejos de sentirse molesto, continuó con sus quehaceres estéticos mientras hablaba con ellos. Y al mismo tiempo, además, dictaba una carta y sus criados le leían a Tácito. ¿Puede haber mayor alarde de equilibrio?
Tampoco hay que olvidar a los que han llevado a sus últimas consecuencias el prototipo de artista psicológicamente atípico. Nuestro más dotado abanderado fue Salvador Dalí. Ferviente admirador del psicoanálisis, se sirvió de él no sólo como materia prima para su obra, sino para actuar en su propia vida. Baste recordar la escenografía que urdió en su primera cita con la que iba a ser en adelante su musa, Gala. El pintor de Figueras apareció en la playa con un geranio en la oreja, una ropa harapienta y embadurnado con su propia sangre, con cola de pescado, estiércol de cabra y aceite: un aspecto – y un olor- que él consideraba apropiadamente simbólicos para el momento.
En nuestros tiempos, son sobre todo las estrellas de la música pop los máximos seguidores de este tipo de actitudes extravagantes o escandalosas. Existen numerosos ejemplos en este sentido, pero quizá uno de los que alcanzó mayor resonancia universal fue el de Yoko Ono y John Lennon, que no dudaron en mostrar su desnudez para proclamar la pureza del amor o en dar una rueda de prensa desde la cama en defensa de la paz en el mundo. La Administración de Richard Nixon, ofendida, quiso expulsar del país a Lennon y le tachó de “extranjero indeseable”.
Pero a veces no se sabe muy bien dónde empieza la verdadera personalidad y dónde la pose calculada. De esto último ya se le acusó al mismo Salvador Dalí, a quien el surrealista André Breton llamaba “Avida Dollars” jugando con las letras de su nombre. Igualmente, las inreverencias religiosas y la apología del sexo en casi todas sus vertientes que hace la cantante italoamericana Madonna no se sabe tampoco si son fruto de la sinceridad o de un frío estudio de mercadotecnia.
Las investigaciones psicológicas contemporáneas prefieren concentrar sus esfuerzos en el estudio de la creatividad, que, como señala Manuela Romo, profesora titular de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid, es algo que no tiene nada de extraodinario: “No es ni más ni menos que una forma de pensar, tanto en el artista como en el vendedor de cepillos de dientes, en un político o en un ama de casa. Es una forma de resolver problemas sin una solución fija”.
Los intentos de aislar las cualidades que propician que determinadas personas se muestren más creativas que sus semejantes son muy numerosos. El norteamericano Torrance cataloga nada menos que 84 rasgos psicológicos, entre ellos el altruismo o la autoconfianza, pero también el descontento y la terquedad. Su colega MacNeil, en cierto modo, lo refrenda. Según él, no hay nada más nocivo que el conformismo: “Es indispensable -asegura- una buena dosis de sensibilidad femenina y de independencia masculina”.
En general, hay coincidencia en constatar una especial flexibilidad del pensamiento. “Es más creativo aquél que mantiene una actitud crítica ante todo, ante el propio trabajo y el ajeno; aquél que tolera y sostiene mejor la angustia hacia la ambigüedad”, apunta Manuela Romo. Los tests aplicados por Frank Barron, eminente estudioso de la creatividad, indican que los individuos más inspirados escogen figuras complejas y desequilibradas. Y, además, sugiere que este talante puede tener su origen en un historial de difíciles relaciones interpersonales durante los primeros años de la vida.
Pese a todo, aún continúa siendo muy frecuente creer que los mejores frutos estéticos provienen de una región indefinida del alma que sólo poseen algunos elegidos. De ahí el uso y abuso del calificativo de genio para describir la encarnación terrenal de ese intangible talento innato; que generalmente va acompañado de una personalidad nada corriente. Pensemos en un Mozart aficionado a las faldas, procaz y masón, que -para pasmo nuestro y de sus contemporáneos- apenas maduraba sus insuperables melodías, tal y como se le pinta en la película “Amadeus”.
En el otro extremo nos encontramos con el huraño y ensimismado Beethoven, que pensaba de sus conciudadanos vieneses: “No valen nada, desde el emperador hasta el último limpiabotas. (…) Son todos unos ladrones”.
Pero en opinión de la psicóloga Manuela Romo, para que se produzcan obras de valor es fundamental que exista una motivación fuerte y, por lo tanto, un esfuerzo ineludible: “Poseyendo un cierto nivel de capacidades como infraestructura, con dedicación es fácil lograr buenos resultados”.
Aproximadamente lo mismo expresaba Gustave Flaubert, el autor de la inmortal “Madame Bovary”, en un tono autobiográfico decididamente más dramático: “Llevo una vida austera, ajena a todo placer externo (…): amo mi trabajo con un amor frenético y perverso, como un asceta al cilicio que le araña el vientre”. Una obsesión por el trabajo que puede rozar lo grotesco. Por ejemplo, Paolo Ucello, pintor italiano del siglo XV, contestaba así desde su mesa de dibujo a las solicitudes amorosas de una mujer que le esperaba en la cama: “¡Ay, cuán dulce es esta perspectiva!”.
Que le sorprendieran trabajando, pedía Picasso a las musas. Y, sin duda, éstas no tuvieron más remedio: a su emblemático Guernica, sin ir más lejos, le acompañan más de
40 bocetos previos.
Por otro lado, son muchos los artistas que han concebido el arte como una especie de terapia, como por ejemplo la mexicana Frida Kahlo: “He perdido tres hijos y otra serie de cosas que hubiesen podido llenar mi horrible vida. La pintura lo ha sustituido todo. Creo que no hay nada mejor que el trabajo”. Cada vez más rota por un accidente, se divorció temporalmente del también pintor Diego Rivera por sus continuas infidelidades. Su productividad, sin embargo, no disminuía por ello. En su casa hoy se puede ver el espejo que, desde el techo de su cama, le servia para pintar sin descanso sus famosos autorretratos.
Por otra parte, no podemos por menos que reprimir un escalofrío cuando sabemos por su correspondencia que cuando Paul Gaugin pintaba sus luminosos paisajes tahitianos estaba sumamente enfermo, tanto del cuerpo como del alma.
Para muchos será reconfortante, pues, saber que frente a la ciencia infusa siempre triunfa el aprendizaje. En un estudio reciente, el autor estadounidense John Hayes se atrevió con el genio precoz por excelencia, el gran Wolfgang Amadeus Mozart, que escribió su primera sinfonía a los ocho años. Analizando las grabaciones disponibles en el
mercado del músico salzburgués y los reconocimientos críticos de su obra comprobó que, aunque Mozart compuso el 12 por ciento de su obra en los 10 primeros años de su carrera, sól el 5 por ciento de su producción disponible en grabaciones pertenece a ese periodo. Esto le llevaba a la conclusión de que hasta el aproximadamente duodécimo año de su vida como compositor -cuando tenía 16 y no era ya, en puridad, un niño prodigio- no dio a luz sus primeras obras maestras. Incluso el propio Mozart, por lo tanto, tuvo que aprender música.
Pero ¿quién no ha sentido esa sensación misteriosa de comprensión repentina, de que, como en las piezas de un rompecabezas, de repente todo adquiere un significado que no habíamos sabido ver hasta entonces? En la Antigüedad clásica se invocaba a las musas -y no precisamente a las picassianas- para que iluminaran al poeta. Luego se acudió al romántico y casi mágico concepto de inspiración. La bombilla que se enciende como por azar, esa lucidez súbita, ha sido atribuida habitualmente a los procesos inconscientes, que van rumiando mientras aparentemente atendemos otros asuntos. Esto es lo que predica, por ejemplo, la teoría de la bisociación, según la cual solamente los procesos primarios del intelecto son capaces de conectar de forma no racional dos ideas dispares. Aunque luego el entendimiento tendrá que dar forma a lo intuido.
Expertos como el psicólogo del arte Rudolf Arnheim han dado además mucha importancia al pensamiento no consciente por su primitivismo y falta de ideas preconcebidas -una “honradez a toda prueba”-, imprescindibles en toda labor creativa. Los surrealistas lo tomaron al pie de la letra y llegaron por este camino a la escritura y la pintura automáticas, donde la razón es desterrada y la pluma o el pincel son gobernados sólo por los impulsos recónditos del inconsciente. El pintor Max Ernst relata así su experiencia: “El 10 de agosto de 1925, encontrándome a causa de la lluvia recluido en un hotel a orillas del mar, poniendo al azar hojas de papel en el suelo, empecé a restregar encima con una mina de plomo. Al mirar los dibujos así obtenidos me quedé sorprendido de la repentina intensidad de mis facultades y de la sucesión alucinante de imágenes contradictorias”. Es el nacimiento de la técnica de frotagge, un buen ejemplo de estos procedimientos libérrimos.
Durante la primavera en que estaba escribiendo “Cien años de soledad”, Gabriel García Márquez no podía soportar el dolor que le producían los “golondrinos”, abscesos muy dolorosos que aparecen debajo de las axilas. Quien haya leído el libro recordará que uno de los Buendía, la saga protagonista de la novela, padece también este mal cuando empiezan los calores. El premio Nobel colombiano, en cambio, no los volvió a sufrir. Los caminos de la inspiración son inescrutables y, a veces, muy poco sublimes.

Pablo Colado

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